Daniel Marceli regresa al archipiélago de Chiloé, en el sur de Chile, recuperando la magia mística y la mitología que emana de este singular lugar.


En esta ocasión, la visita la realiza acompañado de su hijo Lorenzo, por lo que aprovecha para contarnos una entrañable historia sobre su infancia. Una fábula personal que dota de significado a la intervención realizada sobre la madera de la fachada de una casa, y cuyo resultado es fuertemente estimulante gracias a su contexto y paisaje.

Mi tía Ninfa en Chiloé me cuenta que cuando nací y fui por primera vez al campo, a la estancia, llegaron unos pájaros al árbol de la ventana. Unos pájaros que nunca antes habían visto y que estos cantaban y cantaban. Mi abuela decía que no estaban cantando, que se venían a reír, como a burlar de mi. Ella decía que eran brujos y los echó para que no volvieran. «Gente mala», decía…
Este mes llevé a Lorenzo al mismo lugar, a la misma casa y pinté un ave humana. Una especie de brujo volado. Pero este no viene a burlarse de nadie. Este viene a dar a Lorenzo la bienvenida al archipiélago. Como dirían, es un brujo bueno.
Bienvenido a la estancia Lorenzo. ¡Bienvenido a las islas!.

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